© 2015 by Antonio Bernal. 

Venganza.-

Había llegado a su casa a las ocho de la tarde, después de un día de trabajo agotador con la excavadora. Normalmente se levantaba a las seis y media de la mañana y solo paraba una hora para comer. Estaba haciendo una zanja para canalización de una red eléctrica en plena sierra y la máquina vibraba entera cada vez que el martillo percutor y la pala intentaba perforar la roca a la vez que quitaba las piedras resultantes. Sentía dolor en los brazos y las piernas las tenía aún entumecidas después de tantas horas sentado. Estaba realmente exhausto. 

 

Saludó a su esposa y cogió una lata de cerveza del frigorífico y se dejó caer a todo lo largo en el sofá del salón. Cogió el mando del televisor y puso la 1 de TVE, el telediario acababa de comenzar. La mujer estaba preparando la cena y mientras se cocinaba ésta, comenzó a poner en la mesa los cubiertos.

 

Desde el salón preguntó a su mujer:

 

-¿Y Juanito?

 

-Está en el baño.

 

-¿Está en el baño? O sea que lleva una hora encerrado, porque yo no lo he visto cuando he llegado-  le respondió con cierto enojo.

 

- Sí, ya le digo que se dé prisa, que vamos a cenar.

 

La madre se dirigió al baño y llamó suavemente con los nudillos.

 

-Juanito, ¿te queda mucho cariño? Ya está aquí papá y vamos a cenar.

 

-No mami, es que ahora me estoy masturbando, ya me queda poco.

 

-Ah, vale mi amor, sigue y disfruta hijo. Lávate bien las manitas después.

 

A los diez minutos se presenta Juanito, con cara de satisfacción, oliendo a colonia, muy engominado y vestido con pantalón y camisa polo de una marca conocida.   

 

Fue hacía su padre, le dio un beso y le saludó.

 

-Hola papá.

 

-Hola hijo. No sé como se puede tardar tanto en el cuarto de baño, has estado más de una hora. ¿Has encontrado trabajo hoy?

 

-No papá, hoy tampoco.

 

-¿Y cuando será ese día afortunado?

 

-No sé, papá -le contestó Juanito agachando la cabeza.

 

-No empieces ya a atosigar al niño, Manuel, que bastante desgracia tiene el pobre mío, por no haber encontrado todavía trabajo.

 

-¡Mira Matilde, tu hijo lleva treinta y siete años sin trabajar, viviendo a mi costa y sin hacer ni el huevo, y encima me dices que no lo atosigue! Llevo cuarenta y cinco años trabajando sin parar, me quedan aún cinco para la jubilación y quince años de hipoteca y el gilipollas  de tu hijo va a llegar a la edad de jubilación sin dar golpe.

 

-¡Hay que ver como te pones, papá! ¡En cuanto llegas es que no se puede estar en casa! Ya no tengo ni  ganas de cenar. Mejor me voy a la calle con mis amigos, por lo menos ellos me comprenden. Mami, dame algo de dinero que no tengo nada-  dijo dirigiéndose a su madre, que venía con los platos de la cocina.

 

-Toma hijo, diez euritos, y no vengas muy tarde, cariño.

 

Ya a solas con el marido le dice:

 

-Desde luego que falta de tacto tienes para con el niño, ¿no te das cuenta que no tiene a nadie más que a nosotros?  Por tu culpa se ha quedado sin cenar. 

 

Manuel dejó de comer,  la miró fijamente a la cara, con el cuchillo y el tenedor en las manos y no habló más durante la cena. Acto seguido se dirigió al baño, se cepilló lo dientes y tomó una  reconfortante ducha, fue directamente al dormitorio y al poco se acostó.  Esperó pacientemente a que su mujer se metiera en la cama e hiciera su oración como cada noche, sentada y apoyada sobre el cabecero.                                                                  

 

Cuando terminó la oración, hicieron el amor como hacía mucho que no lo hacían, con pasión, casi con violencia. Ella pensando que era la reconciliación por el altercado durante la cena, él sabiendo que sería la última vez que iban a hacerlo. 

 

Se dieron las buenas noches. Él esperó a que ella estuviese dormida, se levantó, recogió sigilosamente el bolso que había preparado con antelación y salió de la casa. Condujo el coche hasta la estación de tren, cuando llegó lo dejó cerrado y tiró todas las llaves en una alcantarilla. Cogió el primer tren que salía para Madrid, quería estar en la capital a primera hora. 

 

A las ocho de la mañana, se presentó en una sucursal bancaria y sacó todo el saldo que tenía en su libreta de ahorros. Exactamente hizo un reintegro de 14.230 €, dejando 1,37 € de saldo. Metió el sobre en el bolsillo interior de su chaquetón e hizo añicos la libreta.

 

Desayunó y tomó un taxi dirección al aeropuerto. Miró la pantalla de información. Había tenido suerte, dentro de dos horas y media salía un vuelo directo a Estambul y se dirigió al mostrador.

 

-Un billete para Estambul, por favor.

 

-¿Lo quiere ida y vuelta, señor?

 

-No, solo ida por favor.

Mientras esperaba el vuelo, se compró un sombrero de fieltro verde, pues el que usaba cada día lo había dejado en la excavadora. Estaba terminando de pagar unas gafas de sol que también había comprado, cuando oyó el aviso de embarque.

 

- Señores pasajeros con destino a Estambul, embarquen por puerta siete.

 

Una vez en pleno vuelo respiró profundamente y se relajó sonriente.

 

-¡Que se jodan ahora la madre y el niño! ¡Siempre me fascinó Estambul!

Rafael Antonio Castro Cotrino.-