© 2015 by Antonio Bernal. 

Una Historia del Waldorf.-

Es la 1:00 de la madrugada. Wynton Marsalis suena de fondo interpretando My funny Valentine y una lágrima cae despacio, pesada, contundente, por mi mejilla. Aunque mi cara es una máscara impenetrable y pragmática, ahí está la condenada, como cada vez que me siento allí. A mi lado tengo un petate con todo preparado para esta noche. Aún dispongo de 25 minutos para mentalizarme. La ginebra ayudará.

 

El sofocante humo del tabaco es tan denso como una niebla londinense al amanecer y me digo a mi mismo que es eso lo que me está irritando los ojos. Pero sé que no es cierto. Para disimular apuro con parsimonia el último trago de la copa que tengo en la mano. En realidad no consigo disimular nada porque allí me conoce todo el mundo de sobras. La copa de balón y la penumbra me tapan el rostro en parte y a través de su fondo veo caleidoscópicamente el paisaje costumbrista y decadente del bar del Waldorf, un sitio que tiene a gala no cerrar nunca y en cuya puerta hay un cartel que reza "Te aseguramos que estamos abiertos. Puedes venir a lamentarte por esta mierda de mundo 24/7."

 

El efecto del licor y la distorsión de todo lo que tengo delante me llevan a pensar inevitablemente en el pasado, en aquella noche en este mismo lugar, el Gran Hotel Waldorf, varias plantas más arriba. 

 

El Waldorf es de ese tipo de hoteles con personalidad propia. Cuando uno escucha Rhapsody in blue e imagina el sol del amanecer de Manhattan iluminando un edificio, ese edificio podría ser fácilmente este hotel. Al huésped casual le parece un sitio como otro cualquiera, si es que se entiende por eso un establecimiento que fue de Gran Lujo en los años 20 venido a menos ahora hasta la vergüenza. Los síntomas son indiscutibles: mobiliario ajado, cortinas raídas, moqueta decrépita irrecuperable y ese olor característico, un aroma dulzón mezcla de libros viejos amarillentos, tabaco de pipa impregnado en el horrendo papel de las paredes, madera vetusta, cuero y bourbon. Todo ello salpicado de escenas solitarias de Hopper por aquí y otras inquietantes de Wyeth por allá. Algunos rincones del hotel eran deliciosos mientras otros podían ser escalofriantes. A lo mejor eran precisamente aquellas atmósferas las que inspiraban inconscientemente a los artistas que recalaban allí, los gatillos de su creatividad.

 

Uno no puede por menos que imaginar los días de gloria del Waldorf. Los locos y felices años 20 después de la Gran Guerra, el gangsterismo, el contrabando de whisky, y luego la gran depresión que tras unos años vería el advenimiento de la II Guerra Mundial. El hotel fue testigo mudo del siglo XX y aquí sigue, en pie, con su orgullo de cabaretera vieja que conoció el éxito hasta que el público se olvidó de ella.

 

Pero yo no soy un huésped casual. Cuando entro por la puerta del Waldorf siento que es mi hogar, quizás el único que tengo en el mundo, porque siento su historia como mía de tantas veces que me he alojado en sus mugrientas habitaciones. También porque, al fin y al cabo, ha marcado mi vida. Por eso lo amo y lo odio al mismo tiempo. Entiendo muy bien por qué Janis Joplin se encerró a beber whisky hasta morir en su habitación del Hotel Chelsey, o por qué Hemingway se cogía aquellas cogorzas absolutas en La perla de Pamplona. Que Joyce y Yeats fueran asiduos del Renvyle House me parece tan natural como que el Oriental de Bangkok tuviera durante largas temporadas entre sus paredes a Steinbeck, Kipling o Conrad. Les entiendo; a todos ellos.

 

En realidad, hoteles como el Waldorf son comunas encubiertas que pasan desapercibidas para los viajantes ocasionales pero para los que siempre volvemos guardan a buen seguro delicias y sorpresas inesperadas detrás de cada puerta. Una jam session en tal habitación, una tertulia literaria en tal otra, el ensayo de una obra de teatro, una buena timba de póquer, una furcia que necesita una dosis y te lo da todo a cambio de una miseria o una amante apasionada. Con el paso del tiempo, todos se conocen, y en cierto sentido se quieren, aunque se ignoren o vayan a lo suyo. Son... Somos, la familia de los que hemos renegado de convencionalismos y este hotel es nuestra 'parada de los monstruos' particular, donde nos sentimos menos solos, menos miserables, en compañía de nuestros iguales.

 

En efecto, las noches del Waldorf son deprimentes, brillantes, aventureras, locas, rutinarias, gloriosas, y uno nunca sabe cómo acabarán. Yo lo sé muy bien, porque allí conocí a Maureen.

 

-o-

 

Maureen fue el amor de mi vida. Y si después de esta condenada existencia hay otra apostaría a que también lo será. En aquellos días yo venía de una mala racha y sobrevivía tocando la trompeta en sórdidos garitos clandestinos. Al menos tenía para pagar el hotel y algo de comida.

 

Mi vida nunca fue fácil, jamás fui lo que se dice un 'niño de papá' . En cuanto tuve ocasión me largué del asqueroso pueblo donde nací y crecí para no volver la vista atrás. Tras una larga temporada en Treme, Nueva Orleans, donde me hospedó una chiflada llamada Thester que tocaba el saxo como dios, finalmente me mudé a Chicago porque el jazz de allí me encantaba y estaba harto de Bourbon Street y del rollo indio. Cualquier día una borrachera de Second Line o de Mardi Gras me iba a matar, y una muerte prematura o el alcoholismo crónico no entraba en mis planes. Por el contrario, quería perfeccionar mi talento con la trompeta y así lo hice en Chicago, pero Rick "el gordo" me lo dejó clarísimo; "chico, la pasta y las nenas están en New York." Y así acabé hospedado en el Waldorf por primera vez.

Y aquella noche de recién llegado, doblando un pasillo descuidadamente mientras buscaba, borracho, las llaves de la habitación, tropecé con ella. Un poco desgarbada, no demasiado guapa pero con una mirada inteligente que llamaba la atención. Su pelo ondulado, de un profundo color negro, hacía pensar en raíces españolas. 

 

Pero fue cuando se rió y se disculpó por el encontronazo cuando, de repente, tuve una erección que casi acaba de golpe con la borrachera, por la sorpresa. Su voz, mitad sensualidad, mitad ingenuidad, sus dientes blancos como los polvos de soda y cierto ligero encogimiento de hombros particular casi imperceptible hizo que me diera vueltas la cabeza. Balbucí a duras penas una disculpa con mi boca pastosa de vodka, pero para cuando terminé de farfullar ella ya se alejaba por el pasillo, riendo. Recuerdo haber hecho con las manos varias veces el gesto de agarrar el aire ven, ven mientras negaba con la cabeza no te vayas, no...

 

Así conocí a Maureen en el Waldorf. Un chispazo, un momento, una simple coincidencia y desde entonces una puta astilla en mi memoria. Podríamos haber estado allí hospedados durante meses y no haber coincidido jamás, pero lo hicimos. Nuestra historia sólo había comenzado y yo estaba dispuesto a continuarla al día siguiente a toda costa.

 

Resultó que ella también se hospedaba establemente en el hotel, era escritora y tenía pensado redactar allí su obra maestra. Me costó 20 pavos que el botones me diera información extra sobre sus horarios y hábitos, pero mereció la pena. En las siguientes 48 horas me hice el encontradizo tantas veces que finalmente ella, con aquella sonrisa suya, me citó para una copa en el propio hotel. Allí estaba yo, trajinado en mil batallas en los moteles de Nueva Orleans y de repente nervioso ante un encuentro con una chica corriente. Aquella fue la primera de muchas copas, de muchas charlas cómplices y de una relación como jamás conocí otra.

 

Tras la primera noche descubrí que podía emborracharme con ella pero también que tenía sus zonas oscuras, sus temas prohibidos y sus tabúes. Sea como fuere, estar junto a ella era un placer nuevo y desconocido, su sólo contacto me electrizaba. Además, le encantaba el jazz y solía venir a los conciertos, lo que me resultaba extrañamente emocionante, a la par que me magullaba; cada vez que alguien intentaba propasarse con ella yo no me aguantaba y saltaba del escenario para solucionar el asunto. Las clases de boxeo de otro viejo amigo, un portero de club apodado Dom "el quitapenas", me fueron de gran utilidad en aquellos tiempos de felicidad y ojos morados.

 

Tras muchas noches de copas y charlas, una madrugada de primavera, ella me cogió de la mano y me llevó a su "escondite secreto", que resultó ser la azotea del hotel. Nos sentamos con nuestras espaldas apoyadas en la gran "W" del rótulo iluminado del Waldorf. Allí, mientras amanecía y los primeros rayos de sol se filtraban por entre los rascacielos, quise decir una tontería pedante sobre lo pequeños que parecían los otros edificios desde esa alturas, lo pequeñas que eran las personas vistas así, los dioses, el nihilismo y no sé qué más; todo para parecerle inteligente y cultivado o algo así. Pero a media frase ella me puso un dedo en los labios mientras me lanzaba aquella mirada que decía cierra ya tu jodida bocaza. Entonces nos besamos como si no hubiera mañana. 

 

'Mañana, a la 1:25 de la madrugada, te espero en mi habitación.'

 

'Para qué', pregunté con cara de tonto.

 

'No pensarás que sólo vamos a besarnos el resto de nuestras vidas ¿no? Ahora lo quiero todo.' 

 

Y luego, con aquella promesa, se levanto y me dejó allí solo. Lo había dicho con un tono en la voz que no dejaba lugar a dudas. El guiño con el que acompañó sus palabras me dejó tan loco que me puse de pie y a todo lo que me daban los pulmones me puse a cantar...

 

Madi cu defio, en dans dey, end dans day!!

Madi cu defio, en dans dey, end dans day!!

 

We are the Indians, Indians, Indians of the Nation, 

The wild, wild creation. 

We won't bow down, 

Down on the ground, 

 

Oh how I love to hear him call Indian Red. 

I've got a Big Chief, Big Chief, Big Chief of the Nation, 

The wild, wild creation. 

He won't bow down, 

Down on the ground, 

Oh how I love to hear him call Indian Red. 

 

Fue entonces cuando casi me despeño desde la azotea del hotel. Emular a un Big Chief de Nueva Orleans sobre una cornisa, por muy feliz que se esté, no era la idea más inteligente del mundo. Tenía que contarle aquella historia a Thester si volvía a verla.

 

-o-

Al día siguiente, a la hora acordada llamé a su puerta, estaba abierta. Con el corazón en la boca y con un respeto casi religioso entré al que iba a convertirse en crisol de nuestros deseos. Sobre las sábanas, un salto de cama rojo burdeos me prometía las fantasías más dulces y una noche inolvidable. Un colgante que le había regalado días antes yacía depositado con todo cuidado sobre la mesilla de noche. Las luces eran cálidas y tenues. A pesar de eso colgué mi sombrero sobre una de las lámparas para dar un toque más íntimo al lugar. La luna llena parecía gigante tras el Empire State. Miré el reloj, la 1:25 de la madrugada. ¡No podía ser más puntual!

 

Sin embargo, Maureen no estaba en la habitación. De hecho, según la policía metropolitana de Nueva York, tampoco estaba en el Hotel ni en las inmediaciones. Nadie la había visto salir del edificio o entrar en alguna de las otras habitaciones del hotel. Tampoco estaba en ninguno de los hospitales o morgues de la zona. Increíble pero sencillamente había desaparecido, se había esfumado. Toda su ropa estaba allí, su vieja máquina de escribir, sus notas y su diario también. Sin embargo, sus documentos habían desaparecido. En el diario, la última entrada, de esa misma mañana, tras volver de estar conmigo en la azotea, decía ya tengo mi gran historia.

Y fue en esos días en los que me convertí en quien soy hoy. Pasé incontables noches devanándome los sesos mientras daba vueltas a esa frase en mi cabeza. "...mi gran historia." Jamás quise volver a hospedarme en el Waldorf de manera estable, el dolor era demasiado profundo, la soledad agónica, el recuerdo devastador. Incluso mientras arrastraba mi triste ser por los pasillos camino de la salida del hotel por última vez, los otros huéspedes salían a abrazarme con lágrimas en los ojos, conmiserándose en mi mala suerte y deseándome que todo fuera un malentendido, aunque a aquellas alturas ya todos suponían -aunque no me lo dijeran- que Maureen debía estar flotando boca abajo en algún cañaveral del Hudson o en alguna cuneta de la interestatal, quién sabe por qué oscuros motivos.

 

Fue justo al llegar a la recepción del hotel, cuando vi a un turista extranjero con un mapa de los Estados Unidos, cuando se abrió una brecha de lucidez en mi mente. De repente, allí mismo, supe lo que tenía que hacer, lo que quería hacer. Y una firme determinación inundó mi corazón. Me acerqué al mostrador de recepción y pedí un mapa del mundo, lo abrí, cerré los ojos y lancé mi dedo como un dardo, al azar. Y así lo supe, mi siguiente destino sería Brasil.

Si el azar quiso que al doblar una esquina en un pasillo cualquiera de un hotel cualquiera yo conociera a Maureen, intentaría probar de nuevo el mismo método. Desde entonces viajo por el mundo sin destino final, sólo con mi mochila, mi trompeta, mi sombrero y un mapa lleno de marcas. Cada destino es una nueva oportunidad de que vuelva a encontrarla, si aún vive.

 

Sólo hay un destino que se repite constantemente. Cada año, el mismo día en que Maureen desapareció, vuelvo al hotel Waldorf para recordarla, esperando secretamente que ella vuelva a aparecer, aunque sé que eso es sólo una quimera.

 

El hotel nunca me niega su habitación y si es necesario cambian a otro sitio a quien la esté ocupando en ese momento. A la 1:25 de la madrugada extiendo sobre las sábanas su salto de cama rojo burdeos y coloco su colgante sobre la mesilla de noche y mi sombrero sobre la lamparita de pared. Entonces me emborracho hasta caer inconsciente. Por la mañana, la puerta de la habitación está llena de decenas de velas consumidas que los huéspedes de paso contemplan con inquietud y curiosidad. Miro las caras de los huéspedes habituales, cada año más viejos, y hago de tripas corazón. Entonces vuelvo a poner el dedo en el mapa.

 

Soy el hombre del sombrero. Quizás algún día te darás la vuelta en una plaza de cualquier sitio, en tu bar favorito o en medio de un desierto perdido y yo estaré allí.

 

 

 

Juan Pedro Betanzos.-