Um Sonho Carioca.-

(Homenaje a José Luis Alvite)

En todas las ciudades hay un Savoy, si se sabe buscar, si se sabe lo que se busca. No importa que esté aquí, en este edificio con vistas a la playa de Copacabana, o en los bajos del Waldorf o qué sé yo. De alguna forma siempre acabo aquí, siguiendo las mismas intuiciones, persiguiendo los mismos fantasmas, tratando de capturar las mismas imágenes, ansiando la misma música. Pensando que quizás volveré a tener un encontronazo fortuito con sus ojos, sus hombros y sus manos.


El avión había aterrizado tarde, a esas horas en que la actividad de todo aeropuerto se ha ralentizado hasta extremos casi tristes. Las farolas parecían relámpagos mientras mi taxi volaba por la costa de camino al Colony Hotel, del que una amable y veterana azafata me había hablado bien. Nada que ver con mi vieja y decrépita guarida de Manhattan, con sus aires de decadencia y music hall. Durante el trayecto, no pude evitar fijarme en un discreto rótulo de neones morados que sobresalía de una pared, a tan sólo un par de manzanas de mi destino. El sitio prometía. Con el tiempo, un curtido trompetista ya ha desarrollado casi un sexto sentido para identificar un buen club de jazz, ya sea en Nueva Orleans, en Río o en cualquier otro rincón del mundo. Los pequeños indicios suelen esconder mucho más de lo que parece cuando se examinan con los ojos adecuados.

El Colony me destrozó. Esas moderneces, esos brilleteos para turistas... Pero desde luego era cómodo y estaba limpio, mucho más de lo que puedo decir de la mayoría de los cuchitriles donde he estado. Aún así, necesitaba salir de allí, por lo que que me encaminé hacia donde recordaba haber visto el neón, sin prisa, consciente de que tenía todo el tiempo del mundo.

 

Las baldosas del paseo marítimo pasaban bajo mis pies con pasmosa regularidad, pero sin pausa, como si me guiaran hacia algún sitio pintadas de amarillo. 

 

No pude evitar recordar aquella película Disney que por alguna razón me encantaba de pequeño, Los tres caballeros. Era una película sin historia ni desarrollo, sin desenlace, pero llena de música y colores. Supongo que por aquel entonces me bastaba con eso para quedarme pegado a la pantalla durante horas y ser feliz.

 

-¿Has estado en Bahía, Donald?

-No.

-¡Bueno pues vamos! Si tú vas a Bahía, jamás volverás.

 

Cantando entre dientes la banda sonora de Los tres caballeros, llegué a mi destino casi sin darme cuenta. Mirando ya de cerca el rótulo, pude por fín distinguir su nombre: Savoy. El buen feeling fue inmediato; yo ya conocía un Savoy ligado al Jazz, precisamente en Nueva York y no demasiado lejos del Waldorf. Grandes nombres como Gillespie, Bird, Monk, Blakey o Count Basey habían triunfado en ese salón de baile entre los años 20 y finales de los 50,  cuando lo cerraron porque ya no encontraba su lugar ante la aparición de las nuevas tendencias musicales de la época. También los salones de baile envejecieron y murieron con la edad.

 

La letra O del rótulo titilaba salvajemente acompañada por los latigazos de algún cebador escondido. El juego de palabras me hizo gracia, parecía decirme "es aquí, ¿no lo ves?". De no ser por el cartel aquel edificio hubiera sido un candidato perfecto para un aviso de demolición. Ni una ventana o balcón cara al paseo marítimo, ni un sonido, ni una luz. Tan obnubilado estaba buscando la entrada que casi me caigo al tropezar con una vespa celeste aparcada junto a la puerta.

 

Finalmente, al internarme un poco en la bocacalle que rodeaba el edificio encontré unas empinadas escaleras tan sólo iluminadas por un viejo fanal marinero de luz amarillenta e insuficiente. Al escuchar arriba los amortiguados y lejanos acordes de una bossa supe al instante que había acertado. Con paso vacilante y emoción contenida a duras penas subí los escalones, como quien sube las escalinatas de un templo religioso. En cierto sentido lo era.

 

Traspasar el umbral del Savoy fue toda una experiencia. Por una parte era tan parecido a otros clubes, pero por otra tan diferente... No se apreciaba en el lugar el ambiente oscuro y cargado de los bares de borrachos de Nueva York, sino más bien una energía propia de los clubes de jazz París, Nueva Orleans o Chicago. La bossanova y la concurrencia variopinta de los parroquianos habituales  marcaban claramente la diferencia. Probablemente pensé tras cada historia desgraciada y cada tragedia existe un sustrato de conformismo y felicidad que hacen la vida aún soportable para esta gente. Era de agradecer y me puso de buen humor.

 

 

Al mirar las mesas y el local en general, algo me llamó la atención de inmediato. En todas las mesas había grandes cuencos llenos de bombones de todas clases. Por extraño que parezca pensé "tiene sentido". Se me vino a la memoria George Harrison, que escribió Savoy Truffle homenajeando la adicción a los bombones y chocolates de su amigo Eric Clapton. Y aquel Savoy en medio de Río lleno de bombones. Quien quiera que regentara aquello tenía muy buen gusto, o era un gran fan de Harrison, o Clapton.

 

-Quiero dedicar esta preciosa canción a nuestro querido anfitrión, que ha hecho posible que hoy podamos tocar aquí en este día tan especial.

 

Al momento, la chica que acababa de hablar, una diosa de pelo castaño en traje de noche, comenzó a cantar. Su voz era limpia y bonita como un diamante bien tallado. La reconocí al segundo: era una versión increíble del Here comes the sun que George Harrison escribió para los Beatles cuando estaban a punto de extinguirse. Bien, misterio resuelto. El gerente no era fan Clapton.

 

-Marcela Mangabeira.

 

-¿Qué?

 

-La cantante, así se llama. Has tenido suerte, actua muy poco. Hoy debe ser tu día.

 

-Err... Gracias.

 

Un hombre de complexión amplia, cara redonda, rala barba blanca y gafas de montura ligera me hablaba sin mirarme, acodado en la barra. Su mirada, en cambio, devoraba el escenario, y a Marcela, con evidente interés. De alguna forma había percibido mi sorpresa. En ese momento, mis deseos de entablar una conversación intrascendente con un extraño se reducían a cero, así que no entré al trapo y me senté en la barra un poco apartado. Al momento apareció un camarero elegantemente ataviado. Aunque mucho más joven, me recordó al camarero del salón de baile en El Resplandor, el que diserta con Nicholson de forma tan magistral.  Se me quedó mirando un tiempo incómodamente largo, sin decir nada, sólo mirando.

 

-Me pone un...

 

-No. -me interrumpió firme, aunque sereno.

 

Ignorando mi cara de sorpresa, y sin más preámbulos, se puso a trabajar a una velocidad endiablada y con gran precisión. Al momento deslizó un posavasos de fieltro y sobre éste dejó con exquisita delicadeza, con movimientos que parecían coreografiados y entrenados mil veces, una copa de champán de tallo corto. La mitad inferior estaba llena de un brebaje transparente y la superior de otro oscuro, casi negro.

 

-Aquí tiene, Black Velvet para el señor. Me ha parecido que no tenía muchas ganas de hablar y el suyo ha sido un viaje largo.

 

Alcé una ceja un instante ante todas esas cosas que el muchacho sabía supuestamente de mí sin habérselas contado, pero un momento más tarde mi cara se convirtió en un poema al saborear la copa. Una delicia y justo lo que necesitaba. Un sabor fresco y ligero pero a la vez contundente y sabroso. Notaba claramente el sabor de la Guinness acompañado de unas burbujas achampanadas. Aún así, era la primera vez que probaba algo tan bueno.

 

-Para ser camarero tiene buen ojo. Iba a pedirle un simple gin tonic.

 

-Para ser preciso, señor -respondió con un amago de sonrisa-, no soy un camarero, soy un barman, su barman, y un gin tonic bien ejecutado no tiene nada de simple, si sabe lo que quiero decir. Sólo levante la mano si necesita algo, ¿de acuerdo? -dicho lo cual, se alejó a otra zona de la barra. Al momento, volvió y puso un cuenco con cacahuetes en la mesa, un poco alejado de mí y mi cara de póquer.

 

Bien fuera por costumbre, bien porque tenía hambre, quise coger unos cacahuetes y no fui el único. El hombre de barba y gafas que me había soplado el nombre de la cantante y yo lanzamos una mano hacia el cuenco al unísono y estas chocaron. Durante un segundo nos quedamos mirando de forma algo estúpida. Cualquiera que nos viera podría pensar que nos estábamos peleando por unos frutos secos.

 

-Disculpe.

 

-Nada de disculpas, ya tiene usted bastante con lo que lleva.

 

-¿Con lo que llevo?

 

-Claro, hombre. Se nota a la legua que está usted buscando algo, algo importante, y que sufre por ello. De no ser así no habría acabado hoy aquí, se lo garantizo. Uno siempre sabe reconocer a sus iguales y yo soy en eso especialmente bueno. ¿Ya le ha deslumbrado nuestro "barman"?  rió con ganas, con risa de carraca, de fumador empedernido.

 

-Pues sí -no tuve más remedio que confirmar.- Me ha sorprendido gratamente. Es la primera vez que alguien sabe mejor que yo lo que quiero tomar.

 

-A mi me mata cuando hace eso. Maldito friki... Tan joven y tan sabio, quién tuviera su edad.-Volvió a reír.- En todos mis viajes no he encontrado a nadie como él. Buenos sí, pero no a su altura. El tipo está ahí, mirándote, callado, con cara de no haber echado ni medio polvo, y de repente parece que te ha leído la mente, o el alma, que vienen a ser dos entes indiferenciables, en mi opinión. El caso es que no sé cómo lo hace. Tiene un don, eso seguro. Es como Sherlock Holmes mezclado con Coelho, hay que joderse -y volvió a reírse con ganas, contagiándome la risa con la absurda mezcla literaria.

 

-En fin, bienvenido al Savoy. ¿Nunca se quita ese sombrero?

 

De pronto, la conversación se tornó afable y para nada superficial. Acabé hablándole a aquel extraño de Maureen y de mi peregrinar. Aceptó la historia sin pestañear, como si ya la hubiera escuchado mil veces.

 

-Te voy a decir una cosa, amigo... El amor eterno es aquel cuyo fracaso se recuerda siempre y tienes que aprender a vivir con ello, ¿no crees? Mira, ¿ves a ese de ahí? Es Larry, el pianista titular de este sitio. Tuvo la mala suerte de enamorarse de una cantante que tuvimos aquí un tiempo, Rebeca Hall, una belleza, cantaba junto al piano mirando siempre a Larry a los ojos. Oh, pobre hijo de puta, condenado de por vida a llevarla en la cabeza. Lloró como un recién nacido cuando la policía secreta estatal, la "CIA" de aquí -apostilló haciendo el gesto de las comillas con las manos-, se la llevó, resultó ser una espía de los gringos. Desde entonces toca cada vez cosas más melancólicas, están a punto de ponerlo de patitas en la calle porque hay noches aquí que parecen funerales. Vienes a espantar a los fantasmas un rato y cuando se sienta Larry al piano se acabó toda esperanza de aparcar tus basuras. Es un pianista cojonudo, hay que concedérselo, pero muy desconsiderado desde lo de Rebeca.

 

-Increíble -acerté a murmurar.

 

-Aquí tiene, señor, el último trago que le serviré hoy, un Rusty Nail. Le ayudará a poner de nuevo los pies en el suelo -me soltó enigmáticamente mi barman, que había aparecido de nuevo con todo sigilo.

 

-Mira a aquel tipo de la americana y la libreta de notas, el que escribe furiosamente continuó mi compañero de cocktails. Es Chester Newman, reportero del Clarion. Un habitual del Savoy, sin duda, veterano de estas mesas como hay pocos. Grandes contactos con la policía y los bajos fondos, conoce a todo el mundo aquí. Sin ir más lejos, quien le acompaña, ese que está derramando como un patán media botella de Macallan 1946, es el detective Fuller. Y te voy a decir una cosa -dijo, de repente muy serio-, si tu chica anduvo o anda por estos lares, ellos lo sabrán. Seguramente te podrían ayudar. Newman está hasta el ala del sombrero de historias vacías y bajeza moral rutinaria y Fuller, bueno, Fuller puede ser un estúpido y un paleto pero como sabueso no tiene igual. Una vez que algo le interesa llega hasta el final. Y lo que me has contado tiene su miga, sin duda.

 

-Te lo agradezco muchísimo... Errr... ¿Cómo dijiste que te llamabas?

 

-Mi nombre no tiene importancia. De hecho, no soy nadie y ni siquiera estoy aquí, igual que tú. Sólo soy un tipo empeñado en el estúpido sueño de llegar por ferrocarril a una ciudad sin tren. Será mi último viaje. Pero tú debes volver. Vuelve al Savoy, vuelve, vuelve, vuelve...

 

Señores pasajeros, bienvenidos al Aeropuerto Internacional de Río de Janeiro. Por favor, permanezcan sentados, y con el cinturón de seguridad abrochado hasta que el avión haya parado completamente los motores y la señal luminosa de cinturones se apague. Los teléfonos móviles deberán permanecer totalmente desconectados hasta la apertura de las puertas. Les rogamos tengan cuidado al abrir los compartimentos superiores ya que el equipaje puede haberse desplazado. Por favor, comprueben que llevan consigo todo su equipaje de mano y objetos personales. Les recordamos que no está permitido fumar hasta su llegada a las zonas autorizadas de la terminal. Si desean cualquier información, por favor diríjanse al personal de tierra en el aeropuerto; muy gustosamente les atenderán. Muchas gracias y buenos días.

 

Abruptamente sacado de mi somnolencia, me incorporé en el asiento del avión y miré cómo la gran terminal semicircular del aeropuerto se hacía cada vez mayor. En mi cabeza embotada aún resonaban palabras de este extraño y tremendamente vívido sueño que acababa de tener: Fuller, Newman, Larry... Pero sobre todo una en particular: Savoy.

 

-Lléveme al Colony Hotel, por favor.

 

-¿A dónde dice, jefe? -me respondió el taxista, un señor bastante mayor.

 

-Al Colony Hotel, en Copacabana.

 

-Disculpe pero llevo 40 años al volante de este taxi. He llevado ahí donde está usted sentado a Michael Jackson, Madonna, Roger Moore, George Harrison y a muchos otros, tengo buena memoria para los nombres, y créame cuando le digo que en esta ciudad no hay ningún hotel con ese nombre. 

 

No tenía ni idea de por qué la azafata del avión me había gastado una broma de tan poco gusto, hasta que recordé que no había hablado con ninguna azafata, al menos estando despierto. Una extraña sensación de vacío comenzó a apoderarse de mí.

 

-¿Podría entonces llevarme al Savoy?

 

-Tampoco conozco ese sitio. Oiga, ¿está usted bien? Parece un poco desorientado. ¿No se habrá equivocado de avión, verdad? Quizás quería ir a Bahía y acabó aquí por error.

 

-Estoy bien, no se preocupe. Lléveme a Copacabana, a cualquier hotel a pie de playa que esté decente.

 

De alguna manera, una gran tristeza se apoderó de mí. Me maldije por haberme dejado llevar, por cultivar una esperanza vacía, por dejarme embaucar por ese genio maligno cartesiano convertido en ensoñación. De camino al hotel, la ventanilla del taxi me mostraba las luces de la vida nocturna de la ciudad y mi frustración se fue apaciguando un poco cuando divisé los primeros clubes de jazz, llamándome la atención sobre todo el Esch Café. Tendría que visitarlo más tarde.

 

Curiosamente el edificio del Savoy estaba allí, como lo recordaba de mi onírico viaje, pero no había ni rastro del rótulo de neón morado ni del fanal de luz aterciopelada amarilla en las escaleras. Un gran cartel de demolición colgaba visiblemente en su fachada. "Próxima apertura de centro comercial". Tampoco estaba en su lugar, en efecto, el Colony, como había dicho el taxista. Era extraño porque el edificio era el mismo pero no había ni rastro de nada que pudiera asemejarse a un hotel.

 

Finalmente, tras registrarme en mi hotel real, un insulso y turístico complejo de 4 estrellas, subí a la habitación a dejar mis cosas. Sobre la mesilla de noche lo habitual: indicaciones del hotel, hojas para notas y bolígrafo, folletos turísticos y el Clarion de esa mañana. ¡El Clarion! Una risotada amarga me salió de la boca del estómago. Cuán crueles pueden ser los sueños, me dije. En portada, un artículo hablaba en tono muy desapasionado de la violencia en la ciudad. "Resuelto el misterio del asesinato del hombre que no era nadie", decía el titular.

 

Firmaba el artículo Chester Newman. Resolvía el misterio el teniente Fuller.

 

 

 

Juan Pedro Betanzos.-

© 2015 by Antonio Bernal.