© 2015 by Antonio Bernal. 

Libros de Ida y Vuelta.-

Fue totalmente casual que justo en ese momento Triana Quevedo se asomara a la ventana. Había llegado hacía un año a New York con la misma maleta cargada de sueños que tantos inmigrantes antes que ella. Sin embargo, a esas alturas, la ciudad se la había comido por los pies, la había vomitado, se la había vuelto a comer y la había vuelto a vomitar. Dicho en corto: estaba en el límite, en ese punto de la hoja de navaja en que pasito acá, pasito allá, te caes y te rebanas el alma en dos. Se acordaba siempre de aquella película de Woody Allen con la pelota de tenis dando en la red al final.

La habían insultado, escupido, gritado y hacía tan sólo unos días casi la viola un tipejo muy grande. Sólo se salvó porque apareció un pandillero que le pegó una puñalada al otro al reconocerlo de una banda rival. Luego la ayudó a levantarse y, cuando se recompuso, le robó la mochila con el portátil y su libro “salvavidas”, una primera edición de los Esbozos líricos de Juan Miguel Pomar, que su mejor amiga le había regalado en su decimoctavo cumpleaños. Una cosa no quita la otra, nena, parecía decir con la cara mientras se daba la vuelta el animal del navajazo. Ese día casi tiró la toalla, pero su casera, italiana, le contó unas cuantas historias de otros huéspedes y entendió que todo eso casi era un peaje que imponía la ciudad más cosmopolita del país más libre del mundo a los recién llegados; learning curve, sweetheart. Parte de la curva de aprendizaje, vaya. Y, de alguna forma, aguantó.

Con todo eso a la espalda, llevaba días sumida en una especie de sopor que la impedía levantarse de la cama por las mañanas. No es sopor, le dijo una mañana su jefa del Instituto Cervantes, es amago de depresión, se te pasará. Venga, a trabajar. Pero hoy era sábado y, aunque no tenía que trabajar, antes del amanecer se le habían abierto los ojos como platos y no podía volver a dormirse.

Mientras los primeros rayos de sol se filtraban por entre los edificios de Manhattan, Triana miró hacia arriba y respiro una bocanada de aire aún no demasiado viciado por el tráfico. Observó movimiento en el edificio de enfrente, a unas decenas de metros, en una de las cornisas intermedias donde el anticuado rótulo aún iluminado con el nombre del Gran Hotel Waldorf brillaba anacrónico. Era un vetusto y honorable edificio de imponente fachada mezcla del verticalismo propio de la gran manzana y detalles palaciegos franceses. Al fijarse mejor vio a dos personas que se besaban apasionadamente justo delante del rótulo. Esto sólo pasa en New York, pensó, mientras la imagen atrapaba toda su atención y la hacía contener la respiración.

Algún tiempo después, la chica abandonó la cornisa y el tipo, que llevaba un sombrero muy peculiar, como de aventurero, empezó a cantar a voz en grito y a bailar en la cornisa, de forma bastante temeraria. El viento llevó la música hasta su ventana y Triana reconoció claramente uno de los himnos indios del Mardi Gras de New Orleans: Indian red. No conseguía identificar la edad del hombre pero parecía contento, exultante; tanto que casi se cae durante el baile. Antes de irse, el hombre lanzó al aire un puñado de papeles mientras reía sin parar. Pura felicidad.

Los papeles volaron como si fueran confeti el 4 de julio en la 5ª Avenida y quiso el azar que las corrientes llevaran varios de ellos contra la fachada de su propio edificio, uno de ellos fue a parar a su ventana, y lo agarró al vuelo. Al mirarlo, pudo leer, estupefacta, las líneas que contenía.

Al primer golpe de vista ya había adivinado que los papeles que llegaban traídos por el viento eran las hojas sueltas de los Esbozos líricos que había perdido unos días antes cuando la asaltaron.

Aunque días más tarde quiso encontrar al misterioso hombre del sombrero y averiguar cómo había llegado el libro a sus manos, le fue imposible. Supo entonces que la chica de la cornisa había desaparecido y el NYPD la buscaba ya en el Hudson. También que el hombre, un trompetista de jazz, huésped fijo, estaba destrozado por ello.

Pero en ese instante, junto a su ventana, apareció en Triana una potente determinación que la llevó a salir corriendo escaleras abajo a recuperar todas las hojas que pudiera, lo que casi consiguió gracias a que el tráfico a aquellas horas aún no era infernal.

Empezó a repasar ansiosa los números de las páginas que había encontrado y a ordenarlos. Supo que sólo le faltaba una página. Solía ser perfeccionista en su trabajo, no se lo tomó bien. De alguna manera aquella página que faltaba era una pieza importante y le dolía no haberla encontrado. Allí, en medio de la calle, se sentó en una escalera dispuesta a llorar aquella página, cuando inesperadamente una mano ajena puso la página perdida sobre las demás. Ella levantó la vista y se encontró con un joven de aproximadamente su misma edad.

ꟷ Hola, me llamo Banky. Venía por la avenida y te he visto agobiada recogiendo todos esos papeles del suelo. Debe ser importante porque vas en pijama, de Hello Kitty, lo sabes ¿no?ꟷ Triana se moría de vergüenza.

 

 ꟷ No te preocupesꟷ siguió Bankyꟷ esto es New York, aquí nada es demasiado raro. Tengo que abrir mi librería en media hora pero si no te importa ir en pijama… ꟷtitubeóꟷ ¿Café con bagels y me cuentas lo de esas hojas?

ꟷ Banky, sin duda estoy teniendo la semana más jodidamente rara de mi vida, así que sí, te acepto ese desayuno y el pijama me da igual.

Y ese desayuno fue el primero de muchos. Triana Quevedo intuyó que los Esbozos líricos de Juan Miguel Pomar de 1927, que le habían dado compañía durante años, ahora, quizás, también le darían algo más.

 

 

 

Juan P. Betanzos.-