Las Vides de la Vanidad​.-

El agente inmobiliario le había dicho que era un buen momento para comprar. Habrían de pasar varias generaciones hasta que los precios volvieran a estar así de bajos. A Ian le pareció bien. Había vendido su casa y su negocio en el Reino Unido, había liquidado sus acciones y un pequeño capital que tenía invertido aquí y allá, y lo puso todo en un plan de pensión anual. Por fin cerró el trato; el terreno y la casa eran suyos. 

 

Poco le importaban los entresijos económicos de la vid y la vitivinicultura; tenía dinero en el banco para poder vivir. Vendería las uvas a cualquier precio que la cooperativa local ofreciera. Esto no sería más que un hobby.  El duro trabajo en el campo sería para él diversión bajo el sol, además de sano ejercicio para un hombre inglés ya entrado en años.  Conduciría lentamente un maltrecho tractor por entre las vides, mientras los trabajadores temporeros llenarían la cuba con la cosecha. Las jovencitas reirían y cotillearían mientras pisaban la uva, sujetando sus faldas, ligeramente subidas, y enseñando sus piernas largas y morenas. Por la noche se sentaría en el porche, bebiendo el vino de su propia tierra y escuchando el toque de una guitarra en la cálida brisa nocturna.

Aquella primera tarde, las lagartijas se paseaban a sus anchas por los muros, aplastadas por el sol que atenazaba sus espaldas. El sol se hundía lentamente, como el culo de un hombre gordo buscando asiento. El calor apretaba como una fuerza atrofiante que mataba cualquier sonido del aire. Ian paseaba por la finca con su perro mientras su mujer organizaba la casa. El silencio prevalecía ante todo, era una paz perfecta, no se escuchaba ni un pájaro. Las colinas lejanas bailaban envueltas en la calima, y las vides, que cubrían el terreno como un manto,  ondeaban verde, amarillo y marrón. La tierra parecía fértil al deslizarse entre sus dedos, y las uvas pesaban en su mano. 

 

El tañido de una campana rompió el silencio. Parecía que sólo el hombre, bajo la protección de la casa de Dios, tenía la osadía de desafiar al sol, distraer con sonido a aquellos sometidos por su calor, exhaustos y desmotivados, y recordarles que el conocimiento y la razón tienen más poder que una bola de gas en llamas. Pero el hombre del sombrero, caminando junto a su perro, no necesitaba tales recordatorios. Tenía tierra, vida y libertad. 

 

La iglesia era una reliquia de una época en la que la todo el terreno alrededor, hasta donde alcanzaba la vista, era parte de una misma finca. Esta iglesia había saciado las necesidades espirituales del terrateniente y los que vivían y trabajaban en la tierra. Ahora, los terrenos se habían dividido y repartido debido a herencias, bancarrotas y especulación. Todos se habían ido, pues ya no hacía falta su mano de obra. La iglesia seguía allí, en pie, en lo que ahora era el terreno de Ian, y la bendición sobre los campos y las vides era la única renta anual que pagaba. La campana tañía desacompasada, sin precisión, lo que atrajo a Ian hacia ella. 

 

Tenía calor y el perro jadeaba cuando llegaron a la sombra que ofrecía la iglesia. Un viejo sacerdote con una cara sonriente esperaba en la puerta. Saludó a Ian en castellano y se arrodilló para juguetear con el perro, riendo y hablando mientras tanto. 

 

-Buenas tardes -dijo Ian-. Mi español es mal. 

 

El sacerdote se levantó, echándose las manos a la espalda mientras se enderezaba con una mueca exagerada. 

 

-Tocar esa campana no le hace ningún bien a mi espalda -rió el sacerdote, respondiendo en inglés. 

 

-Ah, hablas inglés -dijo Ian. No había rastro de alivio o sorpresa en su voz. Sus palabras sólo confirmaban algo que ya esperaba. 

 

-Viví en Nueva York durante 30 años. Supongo que lo podemos llamar inglés -dijo el cura.

 

Ambos se rieron. Entonces el cura dijo:

 

-Cuando te vi paseando con tu perro, me acordé de una historia que oí una vez. 

 

Ian no dijo nada durante uno o dos segundos, hasta que se dio cuenta de que su interlocutor estaba esperando una respuesta, una señal, o permiso para contar la historia. 

 

-Adelante, escuchémosla -dijo.

 

El cura sonrió, acarició al perro y empezó a contar su historia.

 

"Un hombre y su perro caminaban por una carretera. El hombre estaba disfrutando del paisaje, cuando de repente se dio cuenta de que estaba muerto. Podía recordar su muerte, y que el perro también había muerto hace años. Se preguntó a dónde le llevaría el camino.  

 

Pasado un momento, llegaron a un muro alto, a un lado de la carretera, construido con mármol blanco. En lo alto de una colina, un arco grande y brillante interrumpía el muro. El arco tenía una puerta que brillaba como la madreperla, y el camino que llevaba a ella era de oro puro. El hombre y el perro caminaron hacia la puerta, y a medida que se acercaba, pudo distinguir a un hombre sentado en un escritorio a un lado del portal.

 

-Disculpe, ¿qué lugar es este? -dijo el hombre del sombrero. 

 

-Esto es el cielo, señor -respondió el hombre en el escritorio.  

-¡Guau! ¿No tendría usted algo de agua por casualidad? -preguntó el hombre. 

 

-Por supuesto, señor -respondió el hombre desde detrás del escritorio-. Pase usted y en seguida le traerán un vaso de agua fría. 

 

La puerta comenzó a abrirse. 

 

-¿Puede mi amigo pasar también? -preguntó el viajero, apuntando con un gesto hacia su perro. 

 

-Lo siento, señor. Las mascotas no pueden entrar -dijo el hombre en el escritorio. 

 

El hombre vaciló durante un momento y continuó su camino por la carretera. Tras varios kilómetros, y en lo alto de otra colina, llegó a un carril que conducía a una granja a través de una cancela que parecía completamente desvencijada. Al acercarse a la cancela, pudo ver a un hombre dentro, apoyado en un árbol y leyendo un libro.

-Disculpe -llamó al hombre junto al árbol-. ¿Tiene usted un poco de agua?

 

El hombre señaló a un lugar que no podía verse desde fuera de la verja. 

 

-Claro que sí. Hay una bomba de agua por ahí. Pase usted.

 

-¿Y mi amigo? -el viajero señaló al perro. 

 

-Hay un cuenco junto a la bomba -respondió el hombre junto al árbol. 

 

Cruzaron la cancela, y efectivamente, había allí  una vieja bomba de agua con un cuenco al lado. El viajero llenó el cuenco para su perro y bebió un buen trago de agua. Una vez ambos hubieron saciado su sed, el hombre y su perro volvieron con el  hombre que seguía junto al árbol, esperándoles. 

 

-¿Qué es este sitio? -preguntó el viajero. 

 

-Esto es el cielo -respondió el hombre junto al árbol.

 

-Vaya, esto es algo confuso -dijo el viajero-. El hombre que me encontré más atrás me dijo que aquel sitio también era el cielo.

 

-¿Se refiere al sitio con el camino de oro y las puertas de perlas? No, eso es el infierno -dijo el hombre del árbol.

 

-¿Y le parece bien que utilicen su nombre de ese modo? -preguntó el viajero.

 

-Sí -respondió el hombre junto al árbol-. Nos viene bien que filtren a la gente  que abandonarían a su mejor amigo."

 

El cura soltó una carcajada al terminar de contar su historia y acarició la cabeza del perro otra vez. El hombre del sombrero sonrió educadamente. Habían ido caminando lentamente alrededor de la iglesia mientras el cura hablaba, y ahora estaban apoyados en una valla de madera que rodeaba un pequeño cementerio. Habría unas doce tumbas allí, algunas ya derruidas y cubiertas por la vegetación, y algunas otras bien cuidadas. 

 

-¿A quién tocaban las campanas? -preguntó el hombre del sombrero. 

 

El cura miró a Ian forzando una burlesca expresión de miedo. 

 

-Jamás deberías hacerme esa pregunta -dijo.

 

Un hombre viejo, con un sombrero de paja que protegía su calva del sol, se hallaba dentro del agujero de una tumba nueva, excavando y haciendo un montículo de tierra y piedras junto al hoyo. Había dejado su camisa y chaqueta en la tumba de al lado, y su torso estaba cubierto sólo por una camiseta interior. Los tendones de su espalda se agitaban y sus brazos temblaban debido al duro trabajo. Cada pala de tierra que echaba al montículo hacía que una pequeña cascada de arena volviera a deslizarse dentro del hoyo. Al ver a Ian y el cura, dejó de cavar, se quitó el sombrero en un gesto respetuoso  y saludó en voz alta. Apoyando sus delgados brazos en la pala, encendió un cigarrillo que llevaba tras la oreja, y se dirigió al cura en español.

 

-¿Qué dice? -preguntó Ian.

 

-Me ha dicho que la tumba estará lista a tiempo.

 

Ian asintió en silencio. Hizo un gesto con la mano, señalando a todas las tumbas.

 

-¿Quién está enterrado aquí? -preguntó-. ¿Son todos de la misma familia?

 

-No -respondió el cura-. Son todos los que alguna vez fueron propietarios de esta finca.

 

 

 

Anthony Metropolis.-

© 2015 by Antonio Bernal.