Espresso en Venecia.-

Todos los días a la misma hora, solía tomarme un expreso en un pequeño café que daba a uno de los canales. Enfrente había una casa con geranios en las ventanas cuyos postigos verdes permanecían cerrados; sin embargo, a través de ellos se filtraba una suave melodía. Un día, una de las ventanas estaba abierta y pude ver a la joven violinista; el fuerte sabor del café se mezclaba con el aroma de los geranios y los acordes melancólicos de la música. La observé durante varios minutos y ella se volvió sin prisa, sin dejar de tocar el instrumento. Dejó de tocar lentamente, y nos miramos sin hablar por unos instantes, durante los cuales la melodía aún parecía escucharse en el canal. Incliné mi cabeza hacia el asiento vacío frente al mío con una sonrisa y levanté mi taza en una muda invitación.

 

Al día siguiente, a la misma hora, los postigos verdes de la casa permanecieron cerrados y la música volvía a oírse suavemente en el canal. Pero en esta ocasión, mi mesa del café estaba vacía. 

 

 

 

Chelo Cadavid.-

 

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