© 2015 by Antonio Bernal. 

El Tesoro de Ibn-Hassam​.-

El calor apretaba en aquella ciudad como si el infierno tuviera allí una puerta de entrada. Pese a la calina el bazar rebosaba vida y color. Las mujeres buscaban telas para los vestidos y los hombres discutían ante bandejas de té y dátiles, por todos lados se oían voces de compradores regateando y de madres regañando a niños traviesos que se empeñaban en desaparecer entre los tenderetes.

 

A través de todo aquel desorden se erigía un hermoso minarete hacia el cual se dirigía el hombre del sombrero. Pero antes de llegar a la torre debía encontrar el puesto del viejo Rachid y negociar con él el precio de una valiosa sortija.

 

Le dijeron que sería fácil encontrar al viejo joyero  pero en aquel colosal desastre parecía misión imposible. Preguntó a un joven vendedor de telas y este señaló al final de la plaza uno de los último tenderetes que se hallaba ante la muralla que circunda esa parte de la ciudad. 

 

El hombre del sombrero atravesó dificultosamente el bazar saltando por encima de los cachivaches y esquivando a los pilluelos. Llegó sudoroso allí donde le habían indicado, aquella parte del bazar estaba más tranquila. Dos ancianos jugaban a la tawla y bebían un café muy oscuro y, por el olor, demasiado azucarado. El hombre del sombrero los saludó y estos lo invitaron a sentarse y tomar algo de beber. Respetuosamente, éste tomo asiento entre los dos ancianos y se sirvió un poco de la negra bebida, esperando con paciencia que acabaran la partida para averiguar cuál de ellos era aquel a quien buscaba.

 

Tras unos minutos, los dos hombres terminaron el juego y miraron al forastero; entonces el hombre del sombrero se presentó y preguntó cuál de ellos era Rachid. El más anciano de los dos asintió con la cabeza y le preguntó qué deseaba. El hombre del sombrero preguntó por el anillo y el anciano comenzó a hablarle de bagatelas y reliquias mientras miraba a su alrededor, habiéndose asegurado de que la nadie los miraba sacó una pequeña caja de madera tallada y se la enseñó, a cambio nuestro amigo del sombrero le entregó uno de los viejos pergaminos que le había prometido como pago. 

En ese instante empezaron una reñida negociación por el precio del anillo que terminó cuando al pergamino entregado se sumaron una espada sumeria y una tablilla ceremonial mesopotámica. El viejo joyero era un verdadero negociador; pero el hombre del sombrero estaba contento con la transacción.

 

El hombre del sombrero salió del bazar y se dirigió a uno de los locales de la ciudad en el que se sentó y pidió algo de comer. Habían pasado horas desde su última comida pero enredado en la búsqueda ni se había dado cuenta. Allí abrió la caja y miró el anillo. ¡Por fin! Ahora podría dirigirse a las mazmorras del palacio de Ibn-Hassam y descubrir si la historia, que tantas veces había oído cuando niño, era cierta.

En algún momento del siglo XIII alguien escondió en esas mazmorras junto al tesoro de palacio, la obra original de Ibn-Sofos uno de los más grandes y desconocidos filósofos de la Edad Media, y junto a ella la única copia existente del Segundo libro de la Poética de Aristóteles, que ya mencionara Umberto Eco en El nombre de la rosa y que todos creían totalmente perdido.

 

Estaba nervioso, como un niño pequeño la noche de navidad. Iba a ser él y nadie más quien, después de tantos siglos, abriera aquellas viejas y herrumbrosas puertas de hierro.

 

Y allí estaba, frente a las puertas. Encajó el anillo en el relieve de la pared y los engranajes del armazón comenzaron a moverse. Las puertas se abrieron y…...

 

¡No había nada! Absolutamente nada. El hombre del sombrero quedó mudo de la sorpresa.

 

¿Qué había ocurrido?

 

 

 

Esther A P Ruinervo.-